Sin previo aviso

Llegaste así de la nada, sin caretas ni prejuicios, solo llegaste.
Llegaste y las notas del piano cobraron sentido,
la flora seca de mi jardín poco a poco reverdeció.

Llegaste como arcoíris después de una estrepitosa
tormenta, con una sonrisa al mal tiempo, solo llegaste.
Llegaste y entendí que el silencio no es malo
si los corazones se hablan.
Entraste por la puerta y no pusiste candados,
de ti aprendí lo que es la libertad.

Llegaste y los ¿por qué? tuvieron respuestas inmediatas.
Comprendí el significado de la palabra amor que,
dicha de tu voz me hace vibrar el corazón.

Llegaste como el poema que toca tu corazón en cada frase.
Llegaste como la brisa a la orilla del mar.
Llegaste como el canto de los pajarillos en primavera.

Las canciones de amor las comenzamos a protagonizar
y mis poemas a tu nombre comencé a redactar.
No se si fue un lunes, martes en primavera o verano.

Solo llegaste….

Llegaste y te sentaste a la mesa conmigo, entre platicas
y risas el café calientito me supo más rico.

Llegaste y tu olor impregnaste en mi abrigo, tu carisma
lo dejaste marcado en mi corazoncito y tu sonrisa la
llevo como amuleto a todos lados donde camino.

Llegaste y tu luz alumbro hasta el rinconcito más obscuro,
las risas se convirtieron en parte fundamental de nuestro mundo.

Llegaste sin previo aviso.
Llegaste y todo cobró sentido.

Autor: Andrés Venegas

Fernanda

En el reloj la media noche se hacía presente y yo como siempre, me encontraba a pie de barra. En las bocinas sonaba una agresiva guitarra de un buen blues.

—Hermano, sírveme otro whisky en las rocas.—Le pedí amablemente a Francisco, el barman del lugar.

Mientras disfrutaba mi trago la vi sentarse a escasos metros de mi, en la misma barra. Era una mujer sin duda despampanante con pantalones negros de mezclilla en tallados y una blusa demasiado escotada que dejaba poco a la imaginación.

Su melena tenia un tono rojizo que contrastaba con el verde intenso de sus pupilas. Su pecho no era prominente; sin embargo, estaba perfectamente diseñado. Sus labios hacían juego con su cabellera, rojo intenso, aquel que te invita a perderte en el deseo.

—Suele beber coñac acompañado de fondant de chocolate.—Me dijo Francisco, al ver mi cara de intriga sobre aquella mujer.

Estaba totalmente perdido en ella. Por mi mente imaginaba sentándola en la barra, desgarrando su blusa y recorriendo su cuerpo con mis manos. Al parecer no fui discreto, ella se percato de la mirada insistente que tenía sobre su anatomía.

—¿Te molesta si compartimos un trago?—Me dijo con un tono muy sensual mientras se acercaba a mi.

—Adelante, estuve esperando este momento toda la noche.—Le contesté mientras le hacía una seña a Francisco para que nos sirviera otra ronda—. ¿Gustas un coñac?

—Le diste al clavo, solo faltaría el postre. —Contesto sutilmente con una sonrisa marcada en su rostro.

La plática se fue extendiendo, pasaron los minutos y cada frase se volvía más candente. Sus labios rozando el filo del vaso provocaban mil fantasías en mi cabeza. Su sonrisa era traviesa y sabía coquetear jugando con su melena. Ronda tras ronda nos fuimos desinhibiendo; el whisky y el coñac jugaron un gran juego.

Pasaban de las cuatro de la madrugada y el bar estaba a punto de cerrar. Como todo un caballero pagué la cuenta y me ofrecí a llevarla. Caminamos hacía donde nos esperaba nuestro taxi; sin embargo, algunos metros antes me detuvo y me planto un beso apasionado.

—En mi departamento podemos continuar el juego —Exclamo mientras acariciaba mi rostro con sus manos.

Acepte su propuesta y nos dirigimos a su departamento. Al llegar, la aprisione en la entrada mientras mis manos liberaban su escote. Ella por su parte logro abrir la puerta a pesar de la intensidad con la que la tomaba. Estando adentro la sorprendí cargándola, posando mis manos en sus nalgas; mientras devoraba sus pezones.

Ella lo disfrutaba tanto como yo, descubrí una barra dentro del departamento. Aún algunas botellas se encontraban ahí. Con uno de mis brazos avente todas las botellas al suelo, provocando un ruido penetrante.

Ella gemía intensamente mientras mi lengua recitaba un buen acorde de una guitarra de blus en su entrepierna.

El alcohol, la pasión y el desenfreno hicieron de esa noche una locura. Terminamos rendidos en su cama, despertamos hechos mierda el domingo a las dos de la tarde.

Compartimos un baño de agua helada, mientras nuestros cuerpos aún se reclamaban. Deshicimos la cama un par de veces más antes de irme.

—Disfrute mucho la noche, gracias por el coñac; por cierto, me llamo Fernanda. —Me dijo, antes de cerrar la puerta.

Whisky en las rocas

Autor: Andrés Venegas

Quiero saber de ti

Hoy te recordé, a mi mente llegaron miles de memorias y fui feliz. Momentos encapsulados dentro de mi cabeza estallaron uno tras otro en forma de imágenes y mientras te recordaba, me di cuenta de que quizá yo ya no se nada de ti.

Ha pasado tiempo, situaciones e incluso personas tanto en tu vida, como en la mía y me queda claro que no somos los mismos. Ahora somos dos desconocidos que tuvieron sentimientos en común, dos extraños que conocen el mapa que algún día los guío por el mismo camino.

Quizá en algún momento te encuentre caminando por un parque disfrutando del aire fresco de los árboles o tal vez sea en el centro de la ciudad en medio de la multitud. Incluso podríamos encontrarnos en un bar, un café y crucemos las miradas sin dirigirnos la palabra. Y aunque no lo parezca, me intriga volver a conocerte.

Quiero saber de ti, quiero que me cuentes de aquel vestido de lunares que tanto soñabas y que estoy seguro se te vería espectacular. Me pregunto como tomaras tu café ahora, si aún disfrutas con tanta intensidad un frappe o lo prefieres combinado con leche caliente en una noche fría. Quiero saber si aún detestas el olor a cobre que deja una moneda en la palma de tus manos o si aún prefieres las frituras en forma de triángulo que yo tanto detestaba.

Me pregunto que será de ti, saber si aún te obsesionas por ser el primer lugar. He inclusive quisiera saber si aún te aquejan tus alergias.  

Quisiera saber de ti, saber tu canción favorita del momento, esa que te apasiona. Saber de tu serie favorita, aquella que te hace reír a carcajadas o te hace llorar un mar de lágrimas. Quisiera conocerte, ver a través de esas vitrinas que enmarcan tu rostro y descubrir los secretos que ocultan el brillo de tus ojos. Saber cuales son tus sueños rotos y aquellos que aún estas por cumplir.

Me intriga saber tu bebida favorita o la comida que te hace salivar de solo pensarla. Poder saber que pasa en tu interior al ver un paisaje natural o una gran ciudad. Saber por que a veces las lágrimas corren por tus mejillas o el motivo de tus infinitas risas. Quisiera saber incluso si es que en alguna de estas frases me he acercado si quiera un poco a lo que eres hoy. Aunque probablemente me esté equivocando y seas muy diferente.

Lo único que me queda claro y que sin duda alguna sé, es que eres una gran mujer. Llena de luz, de esa que te hace brillar hasta en el lugar más obscuro. Hoy te recordé en un rayo de luz que ilumino aquel parque donde nos fuimos conociendo. Lo hice en el estruendo de una hoja seca rompiéndose ante nuestras pisadas. Viendo la bebida que sostenía en mi mano, recordando aquellas citas en el café que fueron tan características de nuestra historia.

Incluso te recordé en la fila del centro comercial después de hacer las compras. Sonreía, mi semblante reflejaba una gran sonrisa con cada recuerdo. Te recordé escuchando la canción love me like you do y viendo the big bang theory.

En mi libreta abandonada, ahí te recordé.

En los cien escritos que tengo dedicados exclusivamente para ti.

Te recordé en cartas, en los mensajes de amor en pedazos de hojas rotas.

Lo hice mientras te redactaba estas líneas.

Lo hice incluso derramando lágrimas de felicidad, mientras reía de nuestras ocurrencias.

Parece coincidencia que el calendario marque el día veintiséis del cuarto mes, el reloj marque exactamente las siete con trece minutos y por mi mente solo pase la frase…

—Deseo que sea feliz siempre.

Es increíble, hoy te recordé y volví a sonreír.

Autor: Andrés Venegas

Postal femenina

Aquél reloj marca las once en punto, a mi lado está ella completamente desnuda, cubierta solamente por una delgada manta, durmiendo con un gesto de inmensa felicidad. Puedo recordar cada momento, cada instante, cada movimiento y cada palabra.

Entrar en ése cuarto, con el miedo invadiendo cada centímetro de nuestro cuerpo. Tomé su mano al mismo tiempo en el que acariciaba su rostro, no dijimos nada, no hablamos; eran nuestras miradas las que nos decían todo.

Posé mis manos en su cintura, me acerque y besé sus labios, al despegarme lentamente le dije que era hermosa. Guíe mis labios a su cuello y tracé un camino que iba directo a su pecho, ahí cerquita de su corazón. Envuelto por la pasión, el deseo y el amor, la despojé de su blusa.

Busqué el broche de su sostén y dejé al descubierto sus senos que, aunque pequeños, son perfectos. Le di la vuelta y la tomé por la espalda, ella respiraba agitadamente mientras yo proclamaba de su espalda mi terreno de guerra.

Ella se separó de mí bruscamente y me plantó un beso lleno de deseo y amor. Desabotonó mi camisa y quitó mi cinturón lentamente mientras mordía mi cuello.

Yo perdido en sus encantos la tomé de sus nalgas acercándola completamente a mí. Volví a bajar de su cuello hasta su cintura, mis manos quitaban aquellos jeans que enmarcaban su perfecta silueta y pude ver como se asomaba aquella pantaleta de encaje.

La despojé de ella mientras me hincaba ante su asombro y yo gozando la vista de su cuerpo totalmente desnudo. Nerviosa, pero segura. Sentí la mayor de las satisfacciones al ver que los complejos habían desaparecido.

La recosté sobre la inmensidad de aquella cama, cómplice de este par de locos. Me perdí entre sus piernas mientras mis oídos escuchaban como ella se proclamaba diosa. Subí lentamente, roce sus pechos con la punta de mi lengua, llegue a su cara y sin despegar la mirada, abrí sus piernas.

Sin apartar mis ojos de los de ella, nos fundimos en uno mismo. Estaba dentro de ella, mi cadera iba en aumento, mientras ella me dejaba rastro de sus uñas arañando en mi espalda. Era escuchar una música ensordecedora directamente desde el cielo, cuando entre gemidos me decía te quiero.

En una explosión de amor y deseo culminamos el acto del amor. Ella me dio la espalda como si la pena invadiera su cuerpo. La tomé por la cintura, acerqué mi cuerpo al suyo, susurre a su oído

– Mi vida, no hay mujer que alcance la perfección como tú lo haces.

No se trataba de hacerla sentir mujer, no era marcar en su mente el deseo o la pasión.

Buscaba dejar clavado en su pecho un momento de amor. Y lo logré, maté los complejos. Vi su cara de amor, esa sonrisa de felicidad.

La tengo aquí a mi lado, ella duerme con tanta paz y yo imaginando que el verdadero placer de la noche fue quedarme con una postal femenina de ella marcada dentro de mi corazón.

Autor: Andrés Venegas

Eres poesía

¿Qué es la poesía? —Me pregunto entusiasmada, mientras daba un sorbo a su café.

Yo por mi parte, hice una pequeña pausa para verla fijamente. Tomé el último sorbo de mi café y posé mis manos sobre las suyas.

—La poesía es tu melena agitada por el viento y esa sonrisa iluminada por el sol de enero. —Le dije, mientras ella se ruborizaba completamente.

—Son tus ojos cristalinos clavados en mi después de arroparte en un resfriado, ahí encuentro la poesía.

Me encantaba su rostro pintado de un tenue color rojo y su nerviosismo al escuchar cada frase que salía de mi boca.

—Tus manos suaves acariciando mi rostro hacen poesía. Tus caderas al caminar componen sinfonías y tus labios en mi piel siempre me invitan a plasmarlos en forma de rimas.

—La poesía está en una de tus carcajadas, sinónimo de los acordes armoniosos que se escuchan a nuestras espaldas. —Le dije al unísono de la melodía que interpretaba la guitarra.

Al salir de aquel café nos sorprendió una repentina lluvia a medio camino misma que nos dejó completamente empapados de pies a cabeza. Como era costumbre, nos pusimos a saltar bajo el agua como haciendo una danza al amor.

—¿Porqué te detienes, amor? —Me pregunto con un semblante de incertidumbre, instantes después de quedarme quieto repentinamente.

—La poesía está en tus caderas cuando generan ese vaivén al ritmo de una canción. Es la combinación de tu aroma mezclado con aquella fragancia a maderada que tanto te gusta usar. —Le respondí, mientras la lluvia nos seguía empapando por completo.

Suavemente con mi mano despeje su rostro cubierto por su cabellera mojada y continúe.

—Mi cielo, la poesía es tu cuerpo desnudo. Tus senos al descubierto son versos que me dejan cautivado, tu silueta denota la mejor de las literaturas, aquella escrita sobre papel hecha totalmente a mano. Tu vientre plano me pronuncia las mejores estrofas y para mi es sagrado saber que puedes albergar nuevos versos en el. Tus piernas contorneadas danzan para mí, formando nuevos textos, convirtiéndote en poesía. —Le dije mientras la lluvia cedía poco a poco.

La tome de ambas manos mientras por su rostro corrían las últimas gotas de lluvia, mezcladas con un par de lágrimas.

—Tú eres la poesía. En cada paso que das haces que nazca un verso más profundo, con cada risa, cada lagrima, cada ilusión que compartes con el mundo haces poesía. Eres los versos literarios más codiciados, eres mil prosas de amor redactadas en cientos de mis escritos. Igual que la poesía, esa que te llega al alma y se incrusta en tu pecho. Ilusión de mujeres que leen mis escritos, por ser la poesía de alguien y el sueño de los hombres que me leen por encontrar un verso bien redactado como lo eres tú.

La noche había caído a nuestras espaldas. Ella aun sollozando me sorprendió repentinamente.

—No sabía lo que era la poesía. —Me dijo, mientras reposaba su cabeza en mi hombro, bajo la luz tenue de la luna saliendo en el horizonte,

—La poesía debe penetrar tu alma hasta dejar una marca, debe de erizarte la piel apenas la lees. Te hace vibrar el corazón con cada línea que la compone y te llena el alma de sentimientos puros. —Le dije antes de robarle un beso.

Ella no lograba entender lo que era la poesía y para mi ella era la representación hecha realidad de lo que es la misma. Ella es poesía y compone los mejores versos de mi vida.

Esencia de café

Si me pidieran describirla, lo haría como el café. En ocasiones me gusta con un toque dulce y otras veces le cargo la mano para disfrutarlo amargo.

Me gusta tomarlo caliente o disfrutarlo en su punto helado.

Me gusta tomar de el tres veces al día, en la mañana para despertar, a medio día para relajarme y en la noche para quitarme el sueño.

Me gusta en días soleados y cuando la lluvia se presenta. Lo disfruto en otoño y primavera, en verano o invierno.

Me gusta tomarlo mientras escribo o cuando estoy deprimido.

Disfruto de impregnarme de su aroma y me envuelve el sabor que hay en su cuerpo.

Ella tiene la Esencia de Café.

No importan las circunstancias, siempre estaré dispuesto a tomarla.

Autor: Andrés Venegas

Carta para decir adiós

Querida:

Seré breve contigo, conocí a alguien más.

Y no, no quiero que mal intérpretes, nunca te he sido infiel. Mi cuerpo y mi corazón te pertenecieron hasta el día de hoy. Si, yo sé que hasta cierto punto también estoy fallando, puedes verlo desde el punto que quieras, ya no me importa.

Lo estuve pensando mucho y era necesario hacerlo

—Tú tienes la culpa de que todo esto se vaya a la mierda.

— casi lo puedo escuchar de tu viva voz, intente muchas veces rescatar lo nuestro y falle en cada uno de los intentos, termine por cansarme. 

Por supuesto que hablo con amor en esta carta, fiel a mi promesa de siempre buscar lo mejor para ti. Por eso me voy de tu lado, tú necesitas algo mejor. Necesitas alguien que no se preocupe por ti, si llegaste bien a casa o no.

Empecé a valorar mejor las cosas y sé que yo nunca te di lo que mereces. ¿Qué mereces?, mereces a alguien que no te haga quedar en ridículo con sus detalles sorpresa. Sobre todo, quien te ahogue en un mar de celos. ¿Quién quiere estar con alguien que se preocupa por ti? es una completa estupidez, lo sé.

Mereces quien no le importe tu estado de salud ni te llene de estrés preguntando si ya tomaste tu medicamento. Contigo me ha quedado claro que no soy el mejor hombre que alguien pudiera tener. En tu vida falta alguien que no tenga tiempo suficiente como para poder verte diario. Esa misma persona te debe de limitar y cortar tus alas, pues aparentemente no te gusta que te dejen volar. 

Tu forma de actuar es muy diferente a cuando lo nuestro inicio. Todo lo bueno se fue esfumando, hasta volverse costumbre. Estoy demasiado cansado de vivir en una constante pelea por intentar ser el vencedor.

Te di cada parte de mi, busqué siempre hacerte feliz e inclusive en tus caprichos más estúpidos te consentí, pero, claro, tu eres quien lo da todo en esta relación y yo no aporto nada. Se que te tengo cansada. 

Recalcabas cada defecto en mi y tu siempre estabas en lo correcto pero, te agradezco. Agradezco este pasaje en mi vida. Agradezco con todo mi corazón que me enseñaras que merezco a alguien diferente a ti y hoy le estoy dando oportunidad a una mujer que no vale la pena tal como yo.

La conocí hace un par de meses y me ha acompañado en cada mal paso de nuestra relación. Ella se ha preocupado por mi, me apoya y sobre todo siempre se alegra de mi felicidad. Ella es como yo, una persona que no vale la pena, según tu. 

Es amorosa, nunca se cansa de decirme lo mucho que me aprecia y que se muere por estar conmigo. Ella es detallista, siempre están puntuales sus mensajes de buenos días y buenas noches. Procura tener tiempo para mi, a pesar de que solo le dedicaba los momentos en los que tu no tenías tiempo para mi.

No, no hemos estado ni a punto de besarnos tampoco hemos tenido sexo ni nada que puedas mal pensar. A lo mucho nuestro contacto se basa en simples abrazos espontáneos; sin embrago, ambos nos hemos ido cautivando el uno al otro y eso, eso me hizo tomar esta decisión. 

Te suplico me perdones, puedes decirles a todos que soy un mal hombre que nunca estuve pendiente de ti, nadie tiene que enterarse de lo que vivimos. Puedes manchar mi reputación si así deseas, tal como ya lo empezaste a hacer. Yo me daré la oportunidad de conocerla y aunque tenemos un futuro incierto, es mejor que estar a tu lado.

Soñé con un futuro a tu lado y hoy te escribo esta carta para decir adiós. Perdóname querida pero ella se adueño de mi.

Autor: Andrés Venegas

Ella es la luna

Ella es la luna, posada en lo más alto de la inmensidad y sin embargo se siente tan cerca. Con su luz, la luna llena ilumina en la obscuridad rodeada de una cantidad interminable de estrellas. Que en ninguna circunstancia opacan el brillo con el que se hace presente.

Ella es la luna, luna llena que hace levantar la marea, corona la noche, considerada pequeña e inmensa para un simple terrenal. Ella es luz, ella es la luna. Es un espectáculo nocturno poder admirar la belleza de su cuerpo.  Intrigante, emocionante y hermosa.

Ella es la luna, demostrando que lo más hermoso no necesita ser anunciado. Porque mientras todos admiran la luz del día, solo pocos observamos el espectáculo de su mirada posada en el cielo. Tal como ella que en ocasiones solo deja ver una pequeña parte de su cuerpo pero, hay días en los que se deja ver completa y reluce como un diamante.

Bendita sea ella, ella luna, que inspira al escritor a plasmar sus versos e invade su mente con su recuerdo y da vida cuando él se sentía muerto.

Él es un lobo, de carácter fuerte, fiel y misterioso. Aquél lobo vagaba por un bosque solitario y ermitaño. Apartado de todo, el lobo cuidaba de sí mismo, merodeando entre los arboles buscando saciar la rabia que llevaba por dentro.

Aquella noche de julio la luna se presentó como luna llena. El lobo posado sobre aquella montaña al verla comenzó a aullar, vio la belleza que inundaba su resplandor y con un ligero viento sintió cómo ella lo acariciaba, quedó impactado.

Completamente cautivado.

Ella es la luna que adorna con su luz la noche más obscura, él un lobo que espera ver su llegada para admirar su hermosura. Ella es la luna y yo soy el lobo.

Su resplandor y mi valentía nos llevaron a tatuar en su alma el recuerdo más hermoso.

Ella Luna, yo lobo.

Autor: Andrés Venegas

Un amor a la antigua

Escribirte cartas que letra a letra conformen las palabras mas lindas que describan a la perfección lo que siento por ti. Llevarte un ramo de flores hasta la puerta de tu hogar, nervioso con los cachetes colorados y poder relajarme hasta ver tu sonrisa al recibirlas entre tus manos.

Compartir una caja de chocolates mientras estamos tumbados en el pasto viendo hacía el cielo tratando de encontrar formas en las nubes. Regalarte peluches con nombres cursis en representación del amor, dedicarte canciones románticas que describan lo que por ti siento.

Estando lejos, llamarte para pasar horas y horas al teléfono escuchando las aventuras que vivimos en el día. Que el tiempo se pase volando y que al darnos cuenta sea de madrugada teniendo que colgar por que ya es demasiado tarde.

Ir al cine para ver películas románticas tomados de la mano, que me abraces en las de terror y compartir comida tal como si no hubiéramos comido en días. Llevarte al boliche o a patinar para que te rías un rato viéndome hacer el ridículo por ser tan descoordinado.

Robarte por tardes enteras para caminar tomados de la mano por el centro de la ciudad, sentarnos en las bancas de los parques viendo a la gente pasar mientras charlamos de nuestro futuro. Recorrer cada cafetería del barrio donde acompañado de una taza bien caliente serás la inspiración para escribir mis letras.

Danzar bajo la lluvia mientras vemos a todos correr buscando refugio, bailar a mitad de la calle por el simple gusto incluso olvidando que los demás se nos quedan mirando. Compartir el helado, bailar pegados e inventar palabras que solo nosotros dos conozcamos.

Grabarnos diálogos de películas de amor para recrearlos cada que encontremos el escenario ideal, tomarnos fotos y revelarlas para ponerlas en un álbum con los momentos más bonitos para que en un futuro ya estando viejitos, nos ayuden a recordar todo lo que vivimos.

Quiero contigo un amor bonito, un amor sincero, un amor que todo lo pueda. Quiero amarte a mi modo aunque sea un amor a la antigua.

Autor: Andrés Venegas Ruiz

Caída libre

Sus caderas se contoneaban mientras su pantalón ajustado marcaba su figura. El labial rojo que decoraba su rostro combinaba con su blusa blanca.

El reloj marcaba su paso y la botella de coñac se iba acabando mientras observaba la escena perfecta. Una combinación entre sensualidad, erotismo y pasión hacían del ambiente algo demasiado motivador.

En el último trago de la botella, yo observaba detenidamente cómo se despojaba de aquellos atrevidos jeans. No puedo negar el nerviosismo que sentí al verla acercarse totalmente desnuda hacia mí.

Se detuvo justo en frente del sofá en el que estaba sentado con una mirada seductora. En un ligero movimiento posó mis manos sobre su cintura y con una sonrisa traviesa ella comenzó a bailar lentamente.

Mis manos recorrían suavemente de sus piernas hasta llegar a su cuello, puedo decir que ella estuvo a punto de provocar un suicidio, me vi inmerso sobre aquél cuerpo recorriendo un par de montañas, queriendo saltar de una a otra para disfrutar el calor que emanaba en la cima, sin importar caer al barranco que separaba sus pechos.

Me vi corriendo por el valle de su vientre, danzando en forma de besos mientras mis manos buscaban provocar la lluvia en el regazo de su edén.

Fui aprisionado entre sus labios. Afortunadamente logré escapar recorriendo su cuello lanzándome por el sendero de su espalda. Aún a esas alturas me encontraba cuerdo; sin embargo, me crucé con las curvas de sus gluteos y sin poder bajar la velocidad perdí el conocimiento.

Cuando recobré la conciencia me encontraba siendo entrelazado en sus brazos mientras ella dormía. Por mi mente pasaban los recuerdos y postales que acabábamos de vivir una y otra vez.
Recorrer aquél universo me había hecho perder la cordura en una caía libre y sin embargo estaba dispuesto a pagar la factura.

Autor: Andrés Venegas