Sayulita

Hay ocasiones que me gusta perderme, tomar mi moto y largarme del estrés de la ciudad. Aquel fin de semana no fue la excepción. El viernes, a las dos de la tarde después de salir de la oficina, tome las llaves de mi Harley y fije mi rumbo hacía Sayulita.

Amo la sensación de viajar a solas llevando de equipaje solo unos cuantos cambios de ropa. El viento golpeando mi cara cuando viajo a más de cien kilómetros en la carretera; lo sé, soy un imprudente, pero no hay nada más placentero que ir contra las reglas. Lo siento, esa es mi esencia.

Después de casi nueve horas de viaje llegue a las hermosas tierras de Nayarit, dispuesto a vivir alguna locura. Aquella noche de viernes paso tranquila, un par de cervezas mientras acampaba a pie de playa. El mar picado mientras obscurecía daba la sensación de paz que necesitaba. La brisa me refrescaba y en mis audífonos el piano de un blues me terminaba de relajar.

Noche tranquila, solo en compañía de mi soledad. Al día siguiente, el sol incandescente y el ruido de las personas llegando a la playa a disfrutar me despertaron. Salí al pueblo para buscar algo de comer, moría de ganas por un buen cóctel de camarones y una cerveza helada.

Pasaba de medio día, entre a un pequeño restaurante y mientras disfrutaba de mi comida vi llegar a un grupo de chavas, turistas al igual que yo.  Una de ellas era en pocas palabras hermosa, mujer castaña de ojos color miel. Portaba un vestido amarillo y holgado que dejaba al descubierto su figura bien delineada. Su piel ya bronceada le daba un toque sensual y por sus gafas de sol no me di cuenta que me observaba  desde su lugar.

Pague la cuenta y me retire de aquel restaurante.  Me dispuse a disfrutar el mar con unas cuantas cervezas. Para mi asombro, aquellas chicas llegaron solo unas horas después. No le di demasiada importancia, iban con unos cuantos hombres y por mi mente no paso ni siquiera la idea de que ella pudiera ir sola.

Me tire en la tierra para descansar un poco y tomar el sol, unos shorts aun húmedos y un sombrero de paja tapando mi cara del sol eran lo único que me acompañaban. Para mi sorpresa, un pequeño golpe en las costillas me despertó repentinamente. Me quite el sombrero de encima y la vi frente a mi iluminada por los rayos de sol que me tapaba.

— ¿Te molesta si te acompaño? —Pregunto mientras se iba hincando junto a mí.

— Para nada, adelante.  ¿Gustas una cerveza? — Le dije mientras pasaba de estar acostado a sentarme.

— Gracias, pero no tomo;  por cierto, soy Natalia. —Me dijo mientras se acostaba a mi lado y se ponía sus lentes de sol —. Se me hace mal plan que estés aquí solo, porque no te juntas con nosotros.

— Te agradezco la consideración pero no los conozco y no los quiero incomodar.

— Ahora me conoces a mí, diremos que eres un viejo amigo. —Dijo determinantemente con un tono seductor.

Natalia me presento con sus amigos como un viejo conocido. Les conto que nos habíamos conocido de niños en la Ciudad de México y que teníamos ya vario tiempo sin vernos. Todos los tomaron bien y poco a poco ese día me fui acoplando a su ambiente.

Me limite a beber con moderación ya que ella no estaba tomando. Fue una tarde por demás agradable, aquel grupo de amigos que por cierto rondaban mi edad me habían hecho disfrutar mucho. Cerca de las siete de la tarde cuando el sol empezaba a caer, me invitaron a pasar la noche con ellos, se estaban hospedando en unas cabañas cerca de la playa y por supuesto acepte.

Cada quien tomo su propio rumbo hacía las cabañas. Por mi parte le robé un par de minutos más a Natalia y la lleve a dar la vuelta mientras platicábamos. Parecía había conexión entre nosotros dos o quizá solo nos habíamos tomado muy en serio nuestra mentira. Parecía que en verdad nos conocíamos de hace tiempo.

Antes de ir a la cabaña pasamos a una tienda en el pueblo por una bolsa de hielos, para mi sorpresa era una licorería. Sin pensarlo compre dos botellas de whisky.

— ¿Whisky? —Pregunto Natalia desconcertada.

— Tengo la tendencia de convertir noches comunes en algo inolvidable con un whisky en las rocas.

Natalia se mostró un poco nerviosa después de mi contestación; sin embargo, continuamos nuestro trayecto en la misma sintonía. Al llegar a las cabañas comenzamos a convivir un poco con sus amigos, algunas cuantas risas, un poco de alcohol y nubes de humo cierta sustancia nociva.

Natalia me pidió que la acompañara por un poco de agua natural a la cabaña donde ella se estaba quedando. Al llegar le ofrecí un poco de whisky y aunque me costó trabajo tengo el bendito don de convencer a las mujeres.

Después de algunos tragos ella se comenzó a sentir mareada, era lógico al saber que ella no tomaba. Me pidió que la esperara mientras se recostaba un poco para que se le pasara, accedí y me senté en un sofá que estaba frente a la cama. Ella me pidió que me recostara con ella para seguir platicando de cerca y nuevamente accedí.

Mientras le platicaba un poco acerca de lo que me dedicaba me sorprendió repentinamente con un beso apasionado. Natalia se separó de mi al ver mi reacción de sorpresa; sin embargo, la jale hacía mí y la seguí besando. Comenzó quitándome la camiseta mientras se montaba en mí.

Estando arriba comenzó a besar mi pecho mientras bajaba lentamente. Natalia era otra completamente, parecía estar ardiendo en pasión y claro, lo tenía que aprovechar.
La sorprendí parándome agresivamente de la cama mientras en mis brazos la sujetaba. La avente a la cama y le quite aquel vestido amarillo. Ella estaba totalmente excitada y me encantaba oírla gemir mientras recorría con mi lengua de sus pezones hasta su entrepierna.

Con mis dientes arranque su pantaleta y disfrute del dulce néctar que emergía de su edén.  Le di la vuelta bruscamente, como queriéndome imponer. Su anatomía era perfecta y me volvía loco verla boca abajo. Recorrí su espalda con las yemas de mis dedos y algo más. La tome de la cadera y mientras la oía explotar de satisfacción mordí lentamente su cuello.

La combinación de nuestros cuerpos sudando, el calor de la playa y la brisa que entraba por la ventana le daba al ambiente un toque más candente. Estando recostado sobre la cama, ella se dispuso a montarme. Poso mis manos en sus nalgas y se puso a danzar sobre mi haciéndome explotar una y otra vez en ella.

Realmente poco nos importó que a unos cuantos metros estuvieran sus amigos, nos fundimos en una ola de pasión con estruendosos gemidos de placer y gozo. Agotados terminamos sobre aquella cama, después de hacer magia unas cuantas veces.

Alguien tocando a la puerta me despertó al día siguiente. Ya pasaba de medio día y en la habitación me encontraba solo.

— Joven, a las dos de la tarde tiene que entregar el cuarto. —Escuche decir a la ama de llaves de las cabañas.

Salí a buscar a Natalia y a sus amigos pero ya no estaban, al parecer se habían marchado. Natalia no dijo nada, fue sigilosa y solamente desapareció. Empecé a cuestionarme, pensaba que yo había comenzado el juego al lograr darle de beber whisky. En realidad quien armo el plan fue ella, me llevo a su cuarto y fingió haber bebido whisky. Lo supe porque había todo un charco al lado de la cama. La cereza del pastel es haber despertado a solas.

Acomode mis cosas, tome mi moto y me fugue de ahí. Tome rumbo hacía Querétaro e hice una escala en un restaurante a pie de carretera. Devore unos exquisitos cortes de carne luego de superar aquella jugada de Natalia. Grande fue mi sorpresa cuando quise pagar la cuenta del restaurante. Encontré entré mi dinero una nota con un besos en labial marcado.

“Cariño, lo siento pero me tengo que ir. Fue una deliciosa noche, te hice mío. No necesitas saber nada más de mí. Si el destino lo quisiera, nos volveremos a encontrar. Besos. Natalia”

Me quede sin palabras, ella seguía sorprendiéndome.

Me había utilizado, por así decirlo. Nadie me había hecho pasar por algo similar, me sentía totalmente asombrado pero también me sentía bien por haber caído en su juego.

El mayor problema fue que mentimos al decir conocernos, en mi cabeza se quedó la sensación de que pronto nos volveríamos a ver. No sé si pasara, ni en qué momento será, pero de algo estoy completamente seguro, yo fui su presa.

Autor: Andrés Venegas

Pasión

Hay historias que comienzan con un whisky en las rocas y terminan con la incógnita de saber con quién pasaste la noche.

Era un miércoles de abril, aún lo recuerdo, yo tomaba un café en una terraza del centro y en mis manos tenía un pedazo de papel con un número escrito. Ese mismo recado lo dejo la mujer con la que había pasado la noche del sábado. Fue una noche de pasión, deseo y desenfreno donde perdí por completo la conciencia.

El viernes, en punto de las tres de la tarde recibí un mensaje

— ¿Ya me olvidaste? Hoy estoy libre y sola, salgamos por unos tragos.

Efectivamente, se trataba de aquel número que tenía anotado. Me encontraba pensando en que lugar podríamos vernos cuando me llego un segundo mensaje, dentro de el venía la dirección de su apartamento. Las horas se fueron consumiendo y por mi mente me cuestionaba en si ir a su departamento.

Pasaban de las diez de la noche cuando salí de la oficina, me arme de valor y me dispuse a ir con ella. Pase por una botella de whisky y una cajetilla de cigarros, amo la combinación de esos dos sabores.

Apenas llegue a su departamento vi la llave puesta en el cerrojo, sin pensarlo dos veces abrí la puerta y para mi sorpresa sonaba Crazy de Lara Price. La luz era tenue y al fondo de aquel pasillo se notaba la sombra de aquella mujer moviendo las caderas.

Estaba todo perfectamente planeado, la música me recorría por las venas y verla solamente a través de su sombra me excitaba demasiado. Abrí la botella de whisky y le di un sorbo directo, mientras veía la sombra llamarme hacía ella al mismo tiempo que se desvanecía.

Llegue al cuarto y la puerta se encontraba entre abierta, la empuje lentamente para abrirla mientras el aroma de su perfume me impregnaba. Al abrir la puerta, la vi. Ella estaba ahí sentada a mitad de la cama y en lencería. Su melena la tenía sobre su hombro izquierdo y jugueteaba con ella invitándome al placer.

—Te estaba esperando. —Me dijo mientras comenzaba a caminar hacia mí —. ¿El lobo tiene hambre? —Susurro a mi oído mientras bajaba a besar mi cuello.

—Hoy tengo ganas de devorarme una mujer de piel canela, justo como la que tengo en frente. —Le afirme mientras la tomaba de sus nalgas y la cargaba en mis brazos.

La aventé a la cama, saque sus bragas y de un jalón quite su sostén. Su respiración era rápida y jadeante mientras con sus uñas rasgaba mi espalda. Entre gritos de placer nos fundimos en uno mismo, dando paso a la pasión. Terminamos rendidos en aquella cama, mientras ella me abrazaba yo encendía un cigarro. Ambos estábamos empapados en sudor, aún agitados por la intensidad que había recorrido en nuestros cuerpos.

—Me puedo volver adicta a ser la presa del lobo. —Me dijo mientras hurgaba en mi entrepierna y me mordía el labio.

—No te acostumbres, no suelo ser hombre de una sola mujer. —Conteste mientras me paraba a vestirme.

Me despedí de Ariadna, no podía quedarme más tiempo. No muy contenta se limitó a decirme que tenía las puertas de su departamento abiertas para mí mientras me regalaba la llave del mismo.

Aún no sé qué fue lo que paso aquella noche del sábado. Lo que me queda claro es que volví a sentir la pasión.

Autor: Andrés Venegas

Botellas vacías

Era un sábado de abril, yo regresaba de la ciudad de México donde había pasado la semana con Fernanda. La noche me había ganado y el asfalto estaba completamente mojado, yo iba manejando en mi mustang 68 por la autopista México-Querétaro.

En el estéreo sonaba Dan Patlansky, esos acordes en la guitarra me hacían vibrar de la emoción. Llegando a Querétaro fije mi rumbo al mirador, sitio donde se disfruta una magnifica vista.

Bajé de mi coche y prendí un cigarro después de acomodar mi chaqueta de cuero. El ambiente era agradable, la lluvia había refrescado la noche. La ciudad parecía vacía y aún no pasaba de las diez de la noche.

Decidí pasar a un bar que se encuentra a unas cuadras del lugar. Uno de mis bares favoritos, donde puedes beber un buen trago, fumar un cigarro y en ocasiones conocer mujeres hermosas. Esa noche no fue la excepción, como es mi costumbre llegué a la barra y pedí al mesero un whisky en las rocas. Mientras lo servía prendí un cigarro tengo la maldita costumbre de acompañar mi bebida con un marlboro de cajetilla roja.

Los aromas se iban impregnando en mi ropa, el lugar estaba completamente lleno y el calor empezaba a sentirse. El ambiente lo ponía una banda local de blues, canciones acompañadas de ritmos sensuales. Me quite la chaqueta y solamente quede en mi camisa polo negra. No me percate que tras de mi iba pasando una chica y sin querer le tire su bebida.

—Discúlpame, que idiota soy. —Le dije, mientras recogía el vaso del suelo.

—No te preocupes, fue un accidente —Me contesto con una hermosa sonrisa—. Mejor acompáñanos yo vengo con mi amiga ¿tú vienes solo? Nos podemos divertir. —Me dijo mientras guiñaba su ojo y me tomaba la mano.

Sin dudarlo fui a hacerles compañía y como cortesía pedí una botella de whisky, al cabo de unos minutos comenzamos a beber. La noche se fue entre tragos y una plática por demás interesante.

Ariadna no se cansaba de regalarme miradas insinuantes; por su parte Sofia, a quien le tiré la copa, acariciaba mi brazo.

—Me encantaron tus tatuajes, en especial esté lobo. —Me dijo, mientras recorría con las yemas de sus dedos mi tatuaje—. ¿Lobo feroz o eres oveja miedosa? —Continúo diciendo Sofia.

—Lo suficientemente feroz como para devorar doble patillo.

—Y yo que siempre he anhelado ser la presa de un lobo. —Decía Ariadna, como si estuviera retando a Sofía.

Quede totalmente perplejo, me encontraba ante lo que podría ser el sueño de cualquier hombre. Sofía rondaba el metro sesenta y cinco, solo un poco más pequeña que Ariadna. Piel aterciopelada y clarita. Ojos verdes relucientes y su melena que llegaba a la altura de sus hombros. Falda corta y ajustada que dejaban al descubierto sus bien torneadas piernas. Brazos delgados y descubiertos por aquella blusa blanca. Ella era, definida en una sola palabra, el deseo.

Ariadna era lo contrario a Sofía, mujer de piel canela. Su cabellera obscura, lacia y casi a mitad de espalda la hacían lucir espectacular. En ocasiones me perdía en el vaivén de sus caderas cubiertas por aquellos leggins negros. Su torso cubierto por una blusa roja que dejaba su espalda completamente desnuda me hacía delirar. Ojos color miel y maquillaje tenue. Ella era la pasión.

Perdí la noción del tiempo, desperté el domingo en el cuarto de un hotel completamente a solas. Sobre mi cartera había un recado

—Disfrute al máximo la noche. Márcame, te estaré esperando.  

Me di un baño, mientras por mi mente intentaba hilar los recuerdos de apenas unas horas atrás. No pude llegar a ninguna conclusión, me serví un último trago antes de partir.

Algo era claro, entre botellas vacías esa noche el deseo y la pasión me habían vuelto loco.

Whisky en las rocas

Autor: Andrés Venegas