Yo no te perdí

Hoy me di cuenta que las lágrimas se agotaron, aquello que tanto dolió, que tanto hizo daño se esfumo. Se fue como el humo de un cigarro disipándose en el aire.

Mi corazón se había vuelto un desierto y con su partida dejo sembradas algunas semillas, ahora puedo cosechar tanta paz y tranquilidad que había perdido cuando te fuiste.

Me di cuenta que a veces se gana más perdiéndolo todo, que caer no significa estar derrotado y en ocasiones es señal de que vas ganando. No me arrepiento de nada, inclusive de perder amigos en el trayecto por defender a alguien que termino siendo lo que ellos decían que era y que nunca creí.

Me voy con la cabeza en alto, me llamaron hipócrita por contar lo bueno a su lado, siempre fiel a mi ideal solo podía expresar las cosas buenas que había de nosotros.

Hace mucho no ronda su nombre en mi cabeza, hace tiempo que no me da miedo salir a la calle por miedo a cruzarnos en la inmensidad de la ciudad.

Me llevo conmigo nuestra historia, guardada en el corazón.

Me di cuenta que no te perdí nunca, fuimos uno, compartimos momentos, inclusive nos quisimos demasiado; sin embargo, yo no te perdí, me perdiste. Lo digo sonriendo y con lágrimas de felicidad al saberme libre.

Entregue todo, arriesgue todo, inclusive aquello que no tenía. Nunca puse condiciones, luche contra mis miedos, miedos que me limitaban. Todo lo que di siempre fue sincero, directo del corazón, por convicción y nunca por obligación.

Ahora entiendo la frase –Todo pasa por algo. – y lo comprendo, al final una espada es el resultado de miles de golpes bajo el fuego.

Quiero correr por el parque, ese ser insoportable dentro de mí por fin me libero, me dejo ser libre. Dejo de atormentarme por algo que acabo hace mucho.

Fue un proceso duro y demasiado largo. Hoy mis lágrimas terminaron, su voz ya no resuena en mi interior. Me siento libre, con ganas de amar. El proceso te hace madurar, te obliga a reflexionar. Quiero entregarlo de nuevo todo, gritar de norte a sur mi amor hacía una nueva ilusión, sin temor a volver a ser herido.

Estoy listo para continuar, me despido del dolor. No me queda duda alguna, yo gane esta batalla.

Te extraño

En cada paso que doy, en cada letra de cada canción.
En la melodía de un piano o en el canto de un pajarito volando.
En la inmensidad del mar o el extenso firmamento.

En el asfalto que recorremos y los paisajes naturales que conocemos.
Durante el día y aún mas en la obscuridad de la noche.
En momentos de alegría y en momentos de tristeza.

En otoño, primavera, en días calurosos o fríos mientras se consume el humo mi cigarrillo.
Es ahí donde me viene a la mente tu recuerdo,
todos aquellos momentos y se forma un nudo en la garganta.
Mientras con voz entre cortada mis labios pronuncian

– “Vaya, cuanto extraño a esa dama”.

Y así pasan los días, mientras en mi cabeza resuena la frase, te extraño,
mi corazón pide a gritos salir corriendo e ir hasta tu lado,
fundirnos en un abrazo y olvidar todo el maldito pasado.

Vaya corazón ingenuo que no se da por vencido y cree que aún lo estas esperando;
sin embargo soy yo, soy yo quien se aferra a continuar con aquella historia,
que a mi parecer aún no ha terminado.

Autor: Andrés Venegas.

Pasión

Hay historias que comienzan con un whisky en las rocas y terminan con la incógnita de saber con quién pasaste la noche.

Era un miércoles de abril, aún lo recuerdo, yo tomaba un café en una terraza del centro y en mis manos tenía un pedazo de papel con un número escrito. Ese mismo recado lo dejo la mujer con la que había pasado la noche del sábado. Fue una noche de pasión, deseo y desenfreno donde perdí por completo la conciencia.

El viernes, en punto de las tres de la tarde recibí un mensaje

— ¿Ya me olvidaste? Hoy estoy libre y sola, salgamos por unos tragos.

Efectivamente, se trataba de aquel número que tenía anotado. Me encontraba pensando en que lugar podríamos vernos cuando me llego un segundo mensaje, dentro de el venía la dirección de su apartamento. Las horas se fueron consumiendo y por mi mente me cuestionaba en si ir a su departamento.

Pasaban de las diez de la noche cuando salí de la oficina, me arme de valor y me dispuse a ir con ella. Pase por una botella de whisky y una cajetilla de cigarros, amo la combinación de esos dos sabores.

Apenas llegue a su departamento vi la llave puesta en el cerrojo, sin pensarlo dos veces abrí la puerta y para mi sorpresa sonaba Crazy de Lara Price. La luz era tenue y al fondo de aquel pasillo se notaba la sombra de aquella mujer moviendo las caderas.

Estaba todo perfectamente planeado, la música me recorría por las venas y verla solamente a través de su sombra me excitaba demasiado. Abrí la botella de whisky y le di un sorbo directo, mientras veía la sombra llamarme hacía ella al mismo tiempo que se desvanecía.

Llegue al cuarto y la puerta se encontraba entre abierta, la empuje lentamente para abrirla mientras el aroma de su perfume me impregnaba. Al abrir la puerta, la vi. Ella estaba ahí sentada a mitad de la cama y en lencería. Su melena la tenía sobre su hombro izquierdo y jugueteaba con ella invitándome al placer.

—Te estaba esperando. —Me dijo mientras comenzaba a caminar hacia mí —. ¿El lobo tiene hambre? —Susurro a mi oído mientras bajaba a besar mi cuello.

—Hoy tengo ganas de devorarme una mujer de piel canela, justo como la que tengo en frente. —Le afirme mientras la tomaba de sus nalgas y la cargaba en mis brazos.

La aventé a la cama, saque sus bragas y de un jalón quite su sostén. Su respiración era rápida y jadeante mientras con sus uñas rasgaba mi espalda. Entre gritos de placer nos fundimos en uno mismo, dando paso a la pasión. Terminamos rendidos en aquella cama, mientras ella me abrazaba yo encendía un cigarro. Ambos estábamos empapados en sudor, aún agitados por la intensidad que había recorrido en nuestros cuerpos.

—Me puedo volver adicta a ser la presa del lobo. —Me dijo mientras hurgaba en mi entrepierna y me mordía el labio.

—No te acostumbres, no suelo ser hombre de una sola mujer. —Conteste mientras me paraba a vestirme.

Me despedí de Ariadna, no podía quedarme más tiempo. No muy contenta se limitó a decirme que tenía las puertas de su departamento abiertas para mí mientras me regalaba la llave del mismo.

Aún no sé qué fue lo que paso aquella noche del sábado. Lo que me queda claro es que volví a sentir la pasión.

Autor: Andrés Venegas

Quizá un día me recuerdes

Cuando llores por la madrugada en aquel futón sintiendo como te embarga la desesperación por que las cosas no salen como lo habías planeado y recuerdes que no estoy más ahí para sostenerte entre mis brazos quizá me vas a recordar.

Quizá yo me olvide de ti, de la forma tan linda que tuviste de ser mi velero guiándome por el mar. Ahora soy un barco a la deriva naufragando en la inmensidad del océano, y en ocasiones me acuerdo de ti.

Quizá y sólo quizá cuando veas el atardecer sobre alguna banca, en algún parque de la ciudad me recuerdes o quizá no y duele. Probablemente las hojas secas te harán recordarme, costumbre tuya brincar sobre de ellas y mi costumbre fue guiarte siempre a los montones de ellas que se hacían en las calles en otoño.

Cuando busques cualquier pretexto para quedarte un poco más con la persona que amas, me comprenderás y sabrás por que en ocasiones inventaba excusas idiotas para pasar unos minutos más a tu lado.

Cuando quieras ser la primer persona en cualquier cosa con quien amas entenderás por que me despertaba de madrugada a darte los buenos días e incluso por que te esperaba hasta que durmieras para que mis deseos de buenas noches fuera con lo que durmieras.

El día que quieras correr a sus brazos a que mitigue tu tristeza por un día pesado o que guardes tus logros en secreto para que sea la primer persona que lo sepa sin duda alguna me vas a recordar.

Tal ves te acuerdes de mi cuando esa persona te dedique canciones de amor o frases que busco de libros para demostrarte su amor, ahí te darás cuenta que yo hablé con el corazón en cada carta que te redacté.

Quizá me recordaras al dormir cuando entre sueños recuerdes mi risa, la misma que solo tu conoces hasta el día de hoy.

Cuando ya no puedas contener el amor y busques cualquier forma de demostrar lo que sientes por mas ridícula que sea me entenderás.

Cuando te llegue la esencia del café recordarás aquellas salidas aburridas a las cafeterías dónde me limitaba a beber nuestro clásico frappe mientras veía detenidamente tu sonrisa.

Quizá algún día volvamos a vernos y cruzaré de largo sonriendo; sin embargo, así pasen cien años cuando llegue ese momento la tristeza me envolverá.

Quizá recuerdes, quizá no y tengo que aprender a vivir con ello.

Quizá tu no me recuerdes y yo aquí escribiéndote una vez más.

Quizá un día me recuerdes así como yo lo estoy haciendo hoy.

Autor: Andrés Venegas

Botellas vacías

Era un sábado de abril, yo regresaba de la ciudad de México donde había pasado la semana con Fernanda. La noche me había ganado y el asfalto estaba completamente mojado, yo iba manejando en mi mustang 68 por la autopista México-Querétaro.

En el estéreo sonaba Dan Patlansky, esos acordes en la guitarra me hacían vibrar de la emoción. Llegando a Querétaro fije mi rumbo al mirador, sitio donde se disfruta una magnifica vista.

Bajé de mi coche y prendí un cigarro después de acomodar mi chaqueta de cuero. El ambiente era agradable, la lluvia había refrescado la noche. La ciudad parecía vacía y aún no pasaba de las diez de la noche.

Decidí pasar a un bar que se encuentra a unas cuadras del lugar. Uno de mis bares favoritos, donde puedes beber un buen trago, fumar un cigarro y en ocasiones conocer mujeres hermosas. Esa noche no fue la excepción, como es mi costumbre llegué a la barra y pedí al mesero un whisky en las rocas. Mientras lo servía prendí un cigarro tengo la maldita costumbre de acompañar mi bebida con un marlboro de cajetilla roja.

Los aromas se iban impregnando en mi ropa, el lugar estaba completamente lleno y el calor empezaba a sentirse. El ambiente lo ponía una banda local de blues, canciones acompañadas de ritmos sensuales. Me quite la chaqueta y solamente quede en mi camisa polo negra. No me percate que tras de mi iba pasando una chica y sin querer le tire su bebida.

—Discúlpame, que idiota soy. —Le dije, mientras recogía el vaso del suelo.

—No te preocupes, fue un accidente —Me contesto con una hermosa sonrisa—. Mejor acompáñanos yo vengo con mi amiga ¿tú vienes solo? Nos podemos divertir. —Me dijo mientras guiñaba su ojo y me tomaba la mano.

Sin dudarlo fui a hacerles compañía y como cortesía pedí una botella de whisky, al cabo de unos minutos comenzamos a beber. La noche se fue entre tragos y una plática por demás interesante.

Ariadna no se cansaba de regalarme miradas insinuantes; por su parte Sofia, a quien le tiré la copa, acariciaba mi brazo.

—Me encantaron tus tatuajes, en especial esté lobo. —Me dijo, mientras recorría con las yemas de sus dedos mi tatuaje—. ¿Lobo feroz o eres oveja miedosa? —Continúo diciendo Sofia.

—Lo suficientemente feroz como para devorar doble patillo.

—Y yo que siempre he anhelado ser la presa de un lobo. —Decía Ariadna, como si estuviera retando a Sofía.

Quede totalmente perplejo, me encontraba ante lo que podría ser el sueño de cualquier hombre. Sofía rondaba el metro sesenta y cinco, solo un poco más pequeña que Ariadna. Piel aterciopelada y clarita. Ojos verdes relucientes y su melena que llegaba a la altura de sus hombros. Falda corta y ajustada que dejaban al descubierto sus bien torneadas piernas. Brazos delgados y descubiertos por aquella blusa blanca. Ella era, definida en una sola palabra, el deseo.

Ariadna era lo contrario a Sofía, mujer de piel canela. Su cabellera obscura, lacia y casi a mitad de espalda la hacían lucir espectacular. En ocasiones me perdía en el vaivén de sus caderas cubiertas por aquellos leggins negros. Su torso cubierto por una blusa roja que dejaba su espalda completamente desnuda me hacía delirar. Ojos color miel y maquillaje tenue. Ella era la pasión.

Perdí la noción del tiempo, desperté el domingo en el cuarto de un hotel completamente a solas. Sobre mi cartera había un recado

—Disfrute al máximo la noche. Márcame, te estaré esperando.  

Me di un baño, mientras por mi mente intentaba hilar los recuerdos de apenas unas horas atrás. No pude llegar a ninguna conclusión, me serví un último trago antes de partir.

Algo era claro, entre botellas vacías esa noche el deseo y la pasión me habían vuelto loco.

Whisky en las rocas

Autor: Andrés Venegas

Castillos de arena

Comenzaré esta narrativa con la frase

—No podemos continuar.

Misma frase que envuelve incertidumbre, dolor y cierta desesperación.
Increíble, ¿no? Es como ir construyendo un palacio tabique a tabique, pensando que los cimientos impedirán que se desmorone.

Para después llegar con pico y pala a tirarlo. Similares son mis historias de amor, la única diferencia es que yo llego a reconstruir el palacio.

Pongo cimientos aun más fuertes y levanto los muros caídos. Le devuelvo el color y firmeza de su estructura. Hago de el un lugar espectacular para ser habitado. Es entonces donde llega esa frase para mi.

—No podemos continuar.

Es en ese punto donde llega la impotencia a mi vida, si yo levante de los escombros el palacio, por que tiene que habitarlo quien lo desmoronó.

Una ves más me encuentro en el fondo de este bar, un cigarro apretado por mis labios y una copa de whisky barato me acompañan en la búsqueda de una respuesta.

¿Dolor? No, no siento dolor.

¿Amor? Eso para mi se acabó.

¿Qué voy hacer ahora? Buscar otro castillo en ruinas y levantarlo de las cenizas.

Tutorial para enamorar a una mujer

Hace tiempo la perdí y no porque yo lo quisiera, mucho menos por falta amor de alguno de los dos. Se podría decir quedamos en buenos términos.

Fueron situaciones ajenas a nosotros las que nos hicieron terminar; sin embargo, con ella aprendí a darle el significado a una pregunta constante en mi cabeza ¿Cómo enamorar a una mujer? y con ello llegue a la siguiente conclusión.

Para enamorar a una mujer debes abrirle la puerta del coche mientras le regalas una sonrisa. Debes acomodarle la silla en el comedor cuando disponga a sentarse y sobre todo, siempre pedir su opinión.

Enamorar a una mujer es la actividad más hermosa del mundo, puede ser la gloria o convertirse en una completa tortura. Lo mejor es que todas necesitan lo mismo, pero no todas de la misma manera.

Una mujer necesita ser vista con deseo, pero siendo decente al hacerlo. Observarla con amor, pero no incomodarla pareciendo un obsesionado. Una mujer necesita que la veas hermosa cuando trae su labial color carmín y sus uñas decoradas. Pero, también espera que la veas hermosa un domingo sin maquillaje y su cara adornada solo con una coleta.

Ellas necesitan que las veas con deseo, con pasión, pero nunca dejando de ser caballero. Esperan que las veas así un sábado por la noche en tacones y vestido ajustado. También esperan que las veas de la misma forma en un pants o camiseta holgada el sábado después de haber despertado.

Para enamorarla necesitas sin duda una fuerza absoluta. No es sencillo, pues debes de estar con ella cuando está sonriendo. Cuando baila e inclusive debes de estar con ella gritando y cantando en un concierto. Pero tu hombría se notará sin duda alguna estando con ella un domingo a las 4 de la mañana hablando de sus problemas mientras se toman un café.

Ella es más que compañía en las tardes y sexo en las noches.

Es más que un vestido y maquillaje.

Una mujer es un océano lleno de cofres con oro dentro de él, pero también son la historia de mil barcos hundidos.

En otras palabras, menos sexo y más oído. Una mujer necesita ser escuchada, sentirse viva y no caer en ser un objeto.

Para enamorar a una mujer se necesita un día. Un lunes diciéndole que es hermosa y no necesita maquillaje. Un martes con ella tirados en el parque. Miércoles preparándole la comida, jueves alentándola a empezar aquél hobby nuevo. Un viernes viendo películas de amor, secándole sus lagrimas. Un sábado yendo de fiesta o un domingo escuchando cuáles son sus metas.

Para enamorarla se necesita de un hombre. Hombre atento, que la procure y la cuide. Ella necesita de un hombre que la acompañe un sábado por la noche cuando llora, limpiando sus lagrimas.

Realmente no es difícil enamorar a una mujer,
lo difícil es enamorarla cada día.

Autor: Lobo (Andrés Venegas)

Sin previo aviso

Llegaste así de la nada, sin caretas ni prejuicios, solo llegaste.
Llegaste y las notas del piano cobraron sentido,
la flora seca de mi jardín poco a poco reverdeció.

Llegaste como arcoíris después de una estrepitosa
tormenta, con una sonrisa al mal tiempo, solo llegaste.
Llegaste y entendí que el silencio no es malo
si los corazones se hablan.
Entraste por la puerta y no pusiste candados,
de ti aprendí lo que es la libertad.

Llegaste y los ¿por qué? tuvieron respuestas inmediatas.
Comprendí el significado de la palabra amor que,
dicha de tu voz me hace vibrar el corazón.

Llegaste como el poema que toca tu corazón en cada frase.
Llegaste como la brisa a la orilla del mar.
Llegaste como el canto de los pajarillos en primavera.

Las canciones de amor las comenzamos a protagonizar
y mis poemas a tu nombre comencé a redactar.
No se si fue un lunes, martes en primavera o verano.

Solo llegaste….

Llegaste y te sentaste a la mesa conmigo, entre platicas
y risas el café calientito me supo más rico.

Llegaste y tu olor impregnaste en mi abrigo, tu carisma
lo dejaste marcado en mi corazoncito y tu sonrisa la
llevo como amuleto a todos lados donde camino.

Llegaste y tu luz alumbro hasta el rinconcito más obscuro,
las risas se convirtieron en parte fundamental de nuestro mundo.

Llegaste sin previo aviso.
Llegaste y todo cobró sentido.

Autor: Andrés Venegas

Fernanda

En el reloj la media noche se hacía presente y yo como siempre, me encontraba a pie de barra. En las bocinas sonaba una agresiva guitarra de un buen blues.

—Hermano, sírveme otro whisky en las rocas.—Le pedí amablemente a Francisco, el barman del lugar.

Mientras disfrutaba mi trago la vi sentarse a escasos metros de mi, en la misma barra. Era una mujer sin duda despampanante con pantalones negros de mezclilla en tallados y una blusa demasiado escotada que dejaba poco a la imaginación.

Su melena tenia un tono rojizo que contrastaba con el verde intenso de sus pupilas. Su pecho no era prominente; sin embargo, estaba perfectamente diseñado. Sus labios hacían juego con su cabellera, rojo intenso, aquel que te invita a perderte en el deseo.

—Suele beber coñac acompañado de fondant de chocolate.—Me dijo Francisco, al ver mi cara de intriga sobre aquella mujer.

Estaba totalmente perdido en ella. Por mi mente imaginaba sentándola en la barra, desgarrando su blusa y recorriendo su cuerpo con mis manos. Al parecer no fui discreto, ella se percato de la mirada insistente que tenía sobre su anatomía.

—¿Te molesta si compartimos un trago?—Me dijo con un tono muy sensual mientras se acercaba a mi.

—Adelante, estuve esperando este momento toda la noche.—Le contesté mientras le hacía una seña a Francisco para que nos sirviera otra ronda—. ¿Gustas un coñac?

—Le diste al clavo, solo faltaría el postre. —Contesto sutilmente con una sonrisa marcada en su rostro.

La plática se fue extendiendo, pasaron los minutos y cada frase se volvía más candente. Sus labios rozando el filo del vaso provocaban mil fantasías en mi cabeza. Su sonrisa era traviesa y sabía coquetear jugando con su melena. Ronda tras ronda nos fuimos desinhibiendo; el whisky y el coñac jugaron un gran juego.

Pasaban de las cuatro de la madrugada y el bar estaba a punto de cerrar. Como todo un caballero pagué la cuenta y me ofrecí a llevarla. Caminamos hacía donde nos esperaba nuestro taxi; sin embargo, algunos metros antes me detuvo y me planto un beso apasionado.

—En mi departamento podemos continuar el juego —Exclamo mientras acariciaba mi rostro con sus manos.

Acepte su propuesta y nos dirigimos a su departamento. Al llegar, la aprisione en la entrada mientras mis manos liberaban su escote. Ella por su parte logro abrir la puerta a pesar de la intensidad con la que la tomaba. Estando adentro la sorprendí cargándola, posando mis manos en sus nalgas; mientras devoraba sus pezones.

Ella lo disfrutaba tanto como yo, descubrí una barra dentro del departamento. Aún algunas botellas se encontraban ahí. Con uno de mis brazos avente todas las botellas al suelo, provocando un ruido penetrante.

Ella gemía intensamente mientras mi lengua recitaba un buen acorde de una guitarra de blus en su entrepierna.

El alcohol, la pasión y el desenfreno hicieron de esa noche una locura. Terminamos rendidos en su cama, despertamos hechos mierda el domingo a las dos de la tarde.

Compartimos un baño de agua helada, mientras nuestros cuerpos aún se reclamaban. Deshicimos la cama un par de veces más antes de irme.

—Disfrute mucho la noche, gracias por el coñac; por cierto, me llamo Fernanda. —Me dijo, antes de cerrar la puerta.

Whisky en las rocas

Autor: Andrés Venegas

Quiero saber de ti

Hoy te recordé, a mi mente llegaron miles de memorias y fui feliz. Momentos encapsulados dentro de mi cabeza estallaron uno tras otro en forma de imágenes y mientras te recordaba, me di cuenta de que quizá yo ya no se nada de ti.

Ha pasado tiempo, situaciones e incluso personas tanto en tu vida, como en la mía y me queda claro que no somos los mismos. Ahora somos dos desconocidos que tuvieron sentimientos en común, dos extraños que conocen el mapa que algún día los guío por el mismo camino.

Quizá en algún momento te encuentre caminando por un parque disfrutando del aire fresco de los árboles o tal vez sea en el centro de la ciudad en medio de la multitud. Incluso podríamos encontrarnos en un bar, un café y crucemos las miradas sin dirigirnos la palabra. Y aunque no lo parezca, me intriga volver a conocerte.

Quiero saber de ti, quiero que me cuentes de aquel vestido de lunares que tanto soñabas y que estoy seguro se te vería espectacular. Me pregunto como tomaras tu café ahora, si aún disfrutas con tanta intensidad un frappe o lo prefieres combinado con leche caliente en una noche fría. Quiero saber si aún detestas el olor a cobre que deja una moneda en la palma de tus manos o si aún prefieres las frituras en forma de triángulo que yo tanto detestaba.

Me pregunto que será de ti, saber si aún te obsesionas por ser el primer lugar. He inclusive quisiera saber si aún te aquejan tus alergias.  

Quisiera saber de ti, saber tu canción favorita del momento, esa que te apasiona. Saber de tu serie favorita, aquella que te hace reír a carcajadas o te hace llorar un mar de lágrimas. Quisiera conocerte, ver a través de esas vitrinas que enmarcan tu rostro y descubrir los secretos que ocultan el brillo de tus ojos. Saber cuales son tus sueños rotos y aquellos que aún estas por cumplir.

Me intriga saber tu bebida favorita o la comida que te hace salivar de solo pensarla. Poder saber que pasa en tu interior al ver un paisaje natural o una gran ciudad. Saber por que a veces las lágrimas corren por tus mejillas o el motivo de tus infinitas risas. Quisiera saber incluso si es que en alguna de estas frases me he acercado si quiera un poco a lo que eres hoy. Aunque probablemente me esté equivocando y seas muy diferente.

Lo único que me queda claro y que sin duda alguna sé, es que eres una gran mujer. Llena de luz, de esa que te hace brillar hasta en el lugar más obscuro. Hoy te recordé en un rayo de luz que ilumino aquel parque donde nos fuimos conociendo. Lo hice en el estruendo de una hoja seca rompiéndose ante nuestras pisadas. Viendo la bebida que sostenía en mi mano, recordando aquellas citas en el café que fueron tan características de nuestra historia.

Incluso te recordé en la fila del centro comercial después de hacer las compras. Sonreía, mi semblante reflejaba una gran sonrisa con cada recuerdo. Te recordé escuchando la canción love me like you do y viendo the big bang theory.

En mi libreta abandonada, ahí te recordé.

En los cien escritos que tengo dedicados exclusivamente para ti.

Te recordé en cartas, en los mensajes de amor en pedazos de hojas rotas.

Lo hice mientras te redactaba estas líneas.

Lo hice incluso derramando lágrimas de felicidad, mientras reía de nuestras ocurrencias.

Parece coincidencia que el calendario marque el día veintiséis del cuarto mes, el reloj marque exactamente las siete con trece minutos y por mi mente solo pase la frase…

—Deseo que sea feliz siempre.

Es increíble, hoy te recordé y volví a sonreír.

Autor: Andrés Venegas