Pasión

Hay historias que comienzan con un whisky en las rocas y terminan con la incógnita de saber con quién pasaste la noche.

Era un miércoles de abril, aún lo recuerdo, yo tomaba un café en una terraza del centro y en mis manos tenía un pedazo de papel con un número escrito. Ese mismo recado lo dejo la mujer con la que había pasado la noche del sábado. Fue una noche de pasión, deseo y desenfreno donde perdí por completo la conciencia.

El viernes, en punto de las tres de la tarde recibí un mensaje

— ¿Ya me olvidaste? Hoy estoy libre y sola, salgamos por unos tragos.

Efectivamente, se trataba de aquel número que tenía anotado. Me encontraba pensando en que lugar podríamos vernos cuando me llego un segundo mensaje, dentro de el venía la dirección de su apartamento. Las horas se fueron consumiendo y por mi mente me cuestionaba en si ir a su departamento.

Pasaban de las diez de la noche cuando salí de la oficina, me arme de valor y me dispuse a ir con ella. Pase por una botella de whisky y una cajetilla de cigarros, amo la combinación de esos dos sabores.

Apenas llegue a su departamento vi la llave puesta en el cerrojo, sin pensarlo dos veces abrí la puerta y para mi sorpresa sonaba Crazy de Lara Price. La luz era tenue y al fondo de aquel pasillo se notaba la sombra de aquella mujer moviendo las caderas.

Estaba todo perfectamente planeado, la música me recorría por las venas y verla solamente a través de su sombra me excitaba demasiado. Abrí la botella de whisky y le di un sorbo directo, mientras veía la sombra llamarme hacía ella al mismo tiempo que se desvanecía.

Llegue al cuarto y la puerta se encontraba entre abierta, la empuje lentamente para abrirla mientras el aroma de su perfume me impregnaba. Al abrir la puerta, la vi. Ella estaba ahí sentada a mitad de la cama y en lencería. Su melena la tenía sobre su hombro izquierdo y jugueteaba con ella invitándome al placer.

—Te estaba esperando. —Me dijo mientras comenzaba a caminar hacia mí —. ¿El lobo tiene hambre? —Susurro a mi oído mientras bajaba a besar mi cuello.

—Hoy tengo ganas de devorarme una mujer de piel canela, justo como la que tengo en frente. —Le afirme mientras la tomaba de sus nalgas y la cargaba en mis brazos.

La aventé a la cama, saque sus bragas y de un jalón quite su sostén. Su respiración era rápida y jadeante mientras con sus uñas rasgaba mi espalda. Entre gritos de placer nos fundimos en uno mismo, dando paso a la pasión. Terminamos rendidos en aquella cama, mientras ella me abrazaba yo encendía un cigarro. Ambos estábamos empapados en sudor, aún agitados por la intensidad que había recorrido en nuestros cuerpos.

—Me puedo volver adicta a ser la presa del lobo. —Me dijo mientras hurgaba en mi entrepierna y me mordía el labio.

—No te acostumbres, no suelo ser hombre de una sola mujer. —Conteste mientras me paraba a vestirme.

Me despedí de Ariadna, no podía quedarme más tiempo. No muy contenta se limitó a decirme que tenía las puertas de su departamento abiertas para mí mientras me regalaba la llave del mismo.

Aún no sé qué fue lo que paso aquella noche del sábado. Lo que me queda claro es que volví a sentir la pasión.

Autor: Andrés Venegas

Fernanda

En el reloj la media noche se hacía presente y yo como siempre, me encontraba a pie de barra. En las bocinas sonaba una agresiva guitarra de un buen blues.

—Hermano, sírveme otro whisky en las rocas.—Le pedí amablemente a Francisco, el barman del lugar.

Mientras disfrutaba mi trago la vi sentarse a escasos metros de mi, en la misma barra. Era una mujer sin duda despampanante con pantalones negros de mezclilla en tallados y una blusa demasiado escotada que dejaba poco a la imaginación.

Su melena tenia un tono rojizo que contrastaba con el verde intenso de sus pupilas. Su pecho no era prominente; sin embargo, estaba perfectamente diseñado. Sus labios hacían juego con su cabellera, rojo intenso, aquel que te invita a perderte en el deseo.

—Suele beber coñac acompañado de fondant de chocolate.—Me dijo Francisco, al ver mi cara de intriga sobre aquella mujer.

Estaba totalmente perdido en ella. Por mi mente imaginaba sentándola en la barra, desgarrando su blusa y recorriendo su cuerpo con mis manos. Al parecer no fui discreto, ella se percato de la mirada insistente que tenía sobre su anatomía.

—¿Te molesta si compartimos un trago?—Me dijo con un tono muy sensual mientras se acercaba a mi.

—Adelante, estuve esperando este momento toda la noche.—Le contesté mientras le hacía una seña a Francisco para que nos sirviera otra ronda—. ¿Gustas un coñac?

—Le diste al clavo, solo faltaría el postre. —Contesto sutilmente con una sonrisa marcada en su rostro.

La plática se fue extendiendo, pasaron los minutos y cada frase se volvía más candente. Sus labios rozando el filo del vaso provocaban mil fantasías en mi cabeza. Su sonrisa era traviesa y sabía coquetear jugando con su melena. Ronda tras ronda nos fuimos desinhibiendo; el whisky y el coñac jugaron un gran juego.

Pasaban de las cuatro de la madrugada y el bar estaba a punto de cerrar. Como todo un caballero pagué la cuenta y me ofrecí a llevarla. Caminamos hacía donde nos esperaba nuestro taxi; sin embargo, algunos metros antes me detuvo y me planto un beso apasionado.

—En mi departamento podemos continuar el juego —Exclamo mientras acariciaba mi rostro con sus manos.

Acepte su propuesta y nos dirigimos a su departamento. Al llegar, la aprisione en la entrada mientras mis manos liberaban su escote. Ella por su parte logro abrir la puerta a pesar de la intensidad con la que la tomaba. Estando adentro la sorprendí cargándola, posando mis manos en sus nalgas; mientras devoraba sus pezones.

Ella lo disfrutaba tanto como yo, descubrí una barra dentro del departamento. Aún algunas botellas se encontraban ahí. Con uno de mis brazos avente todas las botellas al suelo, provocando un ruido penetrante.

Ella gemía intensamente mientras mi lengua recitaba un buen acorde de una guitarra de blus en su entrepierna.

El alcohol, la pasión y el desenfreno hicieron de esa noche una locura. Terminamos rendidos en su cama, despertamos hechos mierda el domingo a las dos de la tarde.

Compartimos un baño de agua helada, mientras nuestros cuerpos aún se reclamaban. Deshicimos la cama un par de veces más antes de irme.

—Disfrute mucho la noche, gracias por el coñac; por cierto, me llamo Fernanda. —Me dijo, antes de cerrar la puerta.

Whisky en las rocas

Autor: Andrés Venegas

Postal femenina

Aquél reloj marca las once en punto, a mi lado está ella completamente desnuda, cubierta solamente por una delgada manta, durmiendo con un gesto de inmensa felicidad. Puedo recordar cada momento, cada instante, cada movimiento y cada palabra.

Entrar en ése cuarto, con el miedo invadiendo cada centímetro de nuestro cuerpo. Tomé su mano al mismo tiempo en el que acariciaba su rostro, no dijimos nada, no hablamos; eran nuestras miradas las que nos decían todo.

Posé mis manos en su cintura, me acerque y besé sus labios, al despegarme lentamente le dije que era hermosa. Guíe mis labios a su cuello y tracé un camino que iba directo a su pecho, ahí cerquita de su corazón. Envuelto por la pasión, el deseo y el amor, la despojé de su blusa.

Busqué el broche de su sostén y dejé al descubierto sus senos que, aunque pequeños, son perfectos. Le di la vuelta y la tomé por la espalda, ella respiraba agitadamente mientras yo proclamaba de su espalda mi terreno de guerra.

Ella se separó de mí bruscamente y me plantó un beso lleno de deseo y amor. Desabotonó mi camisa y quitó mi cinturón lentamente mientras mordía mi cuello.

Yo perdido en sus encantos la tomé de sus nalgas acercándola completamente a mí. Volví a bajar de su cuello hasta su cintura, mis manos quitaban aquellos jeans que enmarcaban su perfecta silueta y pude ver como se asomaba aquella pantaleta de encaje.

La despojé de ella mientras me hincaba ante su asombro y yo gozando la vista de su cuerpo totalmente desnudo. Nerviosa, pero segura. Sentí la mayor de las satisfacciones al ver que los complejos habían desaparecido.

La recosté sobre la inmensidad de aquella cama, cómplice de este par de locos. Me perdí entre sus piernas mientras mis oídos escuchaban como ella se proclamaba diosa. Subí lentamente, roce sus pechos con la punta de mi lengua, llegue a su cara y sin despegar la mirada, abrí sus piernas.

Sin apartar mis ojos de los de ella, nos fundimos en uno mismo. Estaba dentro de ella, mi cadera iba en aumento, mientras ella me dejaba rastro de sus uñas arañando en mi espalda. Era escuchar una música ensordecedora directamente desde el cielo, cuando entre gemidos me decía te quiero.

En una explosión de amor y deseo culminamos el acto del amor. Ella me dio la espalda como si la pena invadiera su cuerpo. La tomé por la cintura, acerqué mi cuerpo al suyo, susurre a su oído

– Mi vida, no hay mujer que alcance la perfección como tú lo haces.

No se trataba de hacerla sentir mujer, no era marcar en su mente el deseo o la pasión.

Buscaba dejar clavado en su pecho un momento de amor. Y lo logré, maté los complejos. Vi su cara de amor, esa sonrisa de felicidad.

La tengo aquí a mi lado, ella duerme con tanta paz y yo imaginando que el verdadero placer de la noche fue quedarme con una postal femenina de ella marcada dentro de mi corazón.

Autor: Andrés Venegas

Caída libre

Sus caderas se contoneaban mientras su pantalón ajustado marcaba su figura. El labial rojo que decoraba su rostro combinaba con su blusa blanca.

El reloj marcaba su paso y la botella de coñac se iba acabando mientras observaba la escena perfecta. Una combinación entre sensualidad, erotismo y pasión hacían del ambiente algo demasiado motivador.

En el último trago de la botella, yo observaba detenidamente cómo se despojaba de aquellos atrevidos jeans. No puedo negar el nerviosismo que sentí al verla acercarse totalmente desnuda hacia mí.

Se detuvo justo en frente del sofá en el que estaba sentado con una mirada seductora. En un ligero movimiento posó mis manos sobre su cintura y con una sonrisa traviesa ella comenzó a bailar lentamente.

Mis manos recorrían suavemente de sus piernas hasta llegar a su cuello, puedo decir que ella estuvo a punto de provocar un suicidio, me vi inmerso sobre aquél cuerpo recorriendo un par de montañas, queriendo saltar de una a otra para disfrutar el calor que emanaba en la cima, sin importar caer al barranco que separaba sus pechos.

Me vi corriendo por el valle de su vientre, danzando en forma de besos mientras mis manos buscaban provocar la lluvia en el regazo de su edén.

Fui aprisionado entre sus labios. Afortunadamente logré escapar recorriendo su cuello lanzándome por el sendero de su espalda. Aún a esas alturas me encontraba cuerdo; sin embargo, me crucé con las curvas de sus gluteos y sin poder bajar la velocidad perdí el conocimiento.

Cuando recobré la conciencia me encontraba siendo entrelazado en sus brazos mientras ella dormía. Por mi mente pasaban los recuerdos y postales que acabábamos de vivir una y otra vez.
Recorrer aquél universo me había hecho perder la cordura en una caía libre y sin embargo estaba dispuesto a pagar la factura.

Autor: Andrés Venegas