Postal femenina

Aquél reloj marca las once en punto, a mi lado está ella completamente desnuda, cubierta solamente por una delgada manta, durmiendo con un gesto de inmensa felicidad. Puedo recordar cada momento, cada instante, cada movimiento y cada palabra.

Entrar en ése cuarto, con el miedo invadiendo cada centímetro de nuestro cuerpo. Tomé su mano al mismo tiempo en el que acariciaba su rostro, no dijimos nada, no hablamos; eran nuestras miradas las que nos decían todo.

Posé mis manos en su cintura, me acerque y besé sus labios, al despegarme lentamente le dije que era hermosa. Guíe mis labios a su cuello y tracé un camino que iba directo a su pecho, ahí cerquita de su corazón. Envuelto por la pasión, el deseo y el amor, la despojé de su blusa.

Busqué el broche de su sostén y dejé al descubierto sus senos que, aunque pequeños, son perfectos. Le di la vuelta y la tomé por la espalda, ella respiraba agitadamente mientras yo proclamaba de su espalda mi terreno de guerra.

Ella se separó de mí bruscamente y me plantó un beso lleno de deseo y amor. Desabotonó mi camisa y quitó mi cinturón lentamente mientras mordía mi cuello.

Yo perdido en sus encantos la tomé de sus nalgas acercándola completamente a mí. Volví a bajar de su cuello hasta su cintura, mis manos quitaban aquellos jeans que enmarcaban su perfecta silueta y pude ver como se asomaba aquella pantaleta de encaje.

La despojé de ella mientras me hincaba ante su asombro y yo gozando la vista de su cuerpo totalmente desnudo. Nerviosa, pero segura. Sentí la mayor de las satisfacciones al ver que los complejos habían desaparecido.

La recosté sobre la inmensidad de aquella cama, cómplice de este par de locos. Me perdí entre sus piernas mientras mis oídos escuchaban como ella se proclamaba diosa. Subí lentamente, roce sus pechos con la punta de mi lengua, llegue a su cara y sin despegar la mirada, abrí sus piernas.

Sin apartar mis ojos de los de ella, nos fundimos en uno mismo. Estaba dentro de ella, mi cadera iba en aumento, mientras ella me dejaba rastro de sus uñas arañando en mi espalda. Era escuchar una música ensordecedora directamente desde el cielo, cuando entre gemidos me decía te quiero.

En una explosión de amor y deseo culminamos el acto del amor. Ella me dio la espalda como si la pena invadiera su cuerpo. La tomé por la cintura, acerqué mi cuerpo al suyo, susurre a su oído

– Mi vida, no hay mujer que alcance la perfección como tú lo haces.

No se trataba de hacerla sentir mujer, no era marcar en su mente el deseo o la pasión.

Buscaba dejar clavado en su pecho un momento de amor. Y lo logré, maté los complejos. Vi su cara de amor, esa sonrisa de felicidad.

La tengo aquí a mi lado, ella duerme con tanta paz y yo imaginando que el verdadero placer de la noche fue quedarme con una postal femenina de ella marcada dentro de mi corazón.

Autor: Andrés Venegas

Caída libre

Sus caderas se contoneaban mientras su pantalón ajustado marcaba su figura. El labial rojo que decoraba su rostro combinaba con su blusa blanca.

El reloj marcaba su paso y la botella de coñac se iba acabando mientras observaba la escena perfecta. Una combinación entre sensualidad, erotismo y pasión hacían del ambiente algo demasiado motivador.

En el último trago de la botella, yo observaba detenidamente cómo se despojaba de aquellos atrevidos jeans. No puedo negar el nerviosismo que sentí al verla acercarse totalmente desnuda hacia mí.

Se detuvo justo en frente del sofá en el que estaba sentado con una mirada seductora. En un ligero movimiento posó mis manos sobre su cintura y con una sonrisa traviesa ella comenzó a bailar lentamente.

Mis manos recorrían suavemente de sus piernas hasta llegar a su cuello, puedo decir que ella estuvo a punto de provocar un suicidio, me vi inmerso sobre aquél cuerpo recorriendo un par de montañas, queriendo saltar de una a otra para disfrutar el calor que emanaba en la cima, sin importar caer al barranco que separaba sus pechos.

Me vi corriendo por el valle de su vientre, danzando en forma de besos mientras mis manos buscaban provocar la lluvia en el regazo de su edén.

Fui aprisionado entre sus labios. Afortunadamente logré escapar recorriendo su cuello lanzándome por el sendero de su espalda. Aún a esas alturas me encontraba cuerdo; sin embargo, me crucé con las curvas de sus gluteos y sin poder bajar la velocidad perdí el conocimiento.

Cuando recobré la conciencia me encontraba siendo entrelazado en sus brazos mientras ella dormía. Por mi mente pasaban los recuerdos y postales que acabábamos de vivir una y otra vez.
Recorrer aquél universo me había hecho perder la cordura en una caía libre y sin embargo estaba dispuesto a pagar la factura.

Autor: Andrés Venegas