Botellas vacías

Era un sábado de abril, yo regresaba de la ciudad de México donde había pasado la semana con Fernanda. La noche me había ganado y el asfalto estaba completamente mojado, yo iba manejando en mi mustang 68 por la autopista México-Querétaro.

En el estéreo sonaba Dan Patlansky, esos acordes en la guitarra me hacían vibrar de la emoción. Llegando a Querétaro fije mi rumbo al mirador, sitio donde se disfruta una magnifica vista.

Bajé de mi coche y prendí un cigarro después de acomodar mi chaqueta de cuero. El ambiente era agradable, la lluvia había refrescado la noche. La ciudad parecía vacía y aún no pasaba de las diez de la noche.

Decidí pasar a un bar que se encuentra a unas cuadras del lugar. Uno de mis bares favoritos, donde puedes beber un buen trago, fumar un cigarro y en ocasiones conocer mujeres hermosas. Esa noche no fue la excepción, como es mi costumbre llegué a la barra y pedí al mesero un whisky en las rocas. Mientras lo servía prendí un cigarro tengo la maldita costumbre de acompañar mi bebida con un marlboro de cajetilla roja.

Los aromas se iban impregnando en mi ropa, el lugar estaba completamente lleno y el calor empezaba a sentirse. El ambiente lo ponía una banda local de blues, canciones acompañadas de ritmos sensuales. Me quite la chaqueta y solamente quede en mi camisa polo negra. No me percate que tras de mi iba pasando una chica y sin querer le tire su bebida.

—Discúlpame, que idiota soy. —Le dije, mientras recogía el vaso del suelo.

—No te preocupes, fue un accidente —Me contesto con una hermosa sonrisa—. Mejor acompáñanos yo vengo con mi amiga ¿tú vienes solo? Nos podemos divertir. —Me dijo mientras guiñaba su ojo y me tomaba la mano.

Sin dudarlo fui a hacerles compañía y como cortesía pedí una botella de whisky, al cabo de unos minutos comenzamos a beber. La noche se fue entre tragos y una plática por demás interesante.

Ariadna no se cansaba de regalarme miradas insinuantes; por su parte Sofia, a quien le tiré la copa, acariciaba mi brazo.

—Me encantaron tus tatuajes, en especial esté lobo. —Me dijo, mientras recorría con las yemas de sus dedos mi tatuaje—. ¿Lobo feroz o eres oveja miedosa? —Continúo diciendo Sofia.

—Lo suficientemente feroz como para devorar doble patillo.

—Y yo que siempre he anhelado ser la presa de un lobo. —Decía Ariadna, como si estuviera retando a Sofía.

Quede totalmente perplejo, me encontraba ante lo que podría ser el sueño de cualquier hombre. Sofía rondaba el metro sesenta y cinco, solo un poco más pequeña que Ariadna. Piel aterciopelada y clarita. Ojos verdes relucientes y su melena que llegaba a la altura de sus hombros. Falda corta y ajustada que dejaban al descubierto sus bien torneadas piernas. Brazos delgados y descubiertos por aquella blusa blanca. Ella era, definida en una sola palabra, el deseo.

Ariadna era lo contrario a Sofía, mujer de piel canela. Su cabellera obscura, lacia y casi a mitad de espalda la hacían lucir espectacular. En ocasiones me perdía en el vaivén de sus caderas cubiertas por aquellos leggins negros. Su torso cubierto por una blusa roja que dejaba su espalda completamente desnuda me hacía delirar. Ojos color miel y maquillaje tenue. Ella era la pasión.

Perdí la noción del tiempo, desperté el domingo en el cuarto de un hotel completamente a solas. Sobre mi cartera había un recado

—Disfrute al máximo la noche. Márcame, te estaré esperando.  

Me di un baño, mientras por mi mente intentaba hilar los recuerdos de apenas unas horas atrás. No pude llegar a ninguna conclusión, me serví un último trago antes de partir.

Algo era claro, entre botellas vacías esa noche el deseo y la pasión me habían vuelto loco.

Whisky en las rocas

Autor: Andrés Venegas

Fernanda

En el reloj la media noche se hacía presente y yo como siempre, me encontraba a pie de barra. En las bocinas sonaba una agresiva guitarra de un buen blues.

—Hermano, sírveme otro whisky en las rocas.—Le pedí amablemente a Francisco, el barman del lugar.

Mientras disfrutaba mi trago la vi sentarse a escasos metros de mi, en la misma barra. Era una mujer sin duda despampanante con pantalones negros de mezclilla en tallados y una blusa demasiado escotada que dejaba poco a la imaginación.

Su melena tenia un tono rojizo que contrastaba con el verde intenso de sus pupilas. Su pecho no era prominente; sin embargo, estaba perfectamente diseñado. Sus labios hacían juego con su cabellera, rojo intenso, aquel que te invita a perderte en el deseo.

—Suele beber coñac acompañado de fondant de chocolate.—Me dijo Francisco, al ver mi cara de intriga sobre aquella mujer.

Estaba totalmente perdido en ella. Por mi mente imaginaba sentándola en la barra, desgarrando su blusa y recorriendo su cuerpo con mis manos. Al parecer no fui discreto, ella se percato de la mirada insistente que tenía sobre su anatomía.

—¿Te molesta si compartimos un trago?—Me dijo con un tono muy sensual mientras se acercaba a mi.

—Adelante, estuve esperando este momento toda la noche.—Le contesté mientras le hacía una seña a Francisco para que nos sirviera otra ronda—. ¿Gustas un coñac?

—Le diste al clavo, solo faltaría el postre. —Contesto sutilmente con una sonrisa marcada en su rostro.

La plática se fue extendiendo, pasaron los minutos y cada frase se volvía más candente. Sus labios rozando el filo del vaso provocaban mil fantasías en mi cabeza. Su sonrisa era traviesa y sabía coquetear jugando con su melena. Ronda tras ronda nos fuimos desinhibiendo; el whisky y el coñac jugaron un gran juego.

Pasaban de las cuatro de la madrugada y el bar estaba a punto de cerrar. Como todo un caballero pagué la cuenta y me ofrecí a llevarla. Caminamos hacía donde nos esperaba nuestro taxi; sin embargo, algunos metros antes me detuvo y me planto un beso apasionado.

—En mi departamento podemos continuar el juego —Exclamo mientras acariciaba mi rostro con sus manos.

Acepte su propuesta y nos dirigimos a su departamento. Al llegar, la aprisione en la entrada mientras mis manos liberaban su escote. Ella por su parte logro abrir la puerta a pesar de la intensidad con la que la tomaba. Estando adentro la sorprendí cargándola, posando mis manos en sus nalgas; mientras devoraba sus pezones.

Ella lo disfrutaba tanto como yo, descubrí una barra dentro del departamento. Aún algunas botellas se encontraban ahí. Con uno de mis brazos avente todas las botellas al suelo, provocando un ruido penetrante.

Ella gemía intensamente mientras mi lengua recitaba un buen acorde de una guitarra de blus en su entrepierna.

El alcohol, la pasión y el desenfreno hicieron de esa noche una locura. Terminamos rendidos en su cama, despertamos hechos mierda el domingo a las dos de la tarde.

Compartimos un baño de agua helada, mientras nuestros cuerpos aún se reclamaban. Deshicimos la cama un par de veces más antes de irme.

—Disfrute mucho la noche, gracias por el coñac; por cierto, me llamo Fernanda. —Me dijo, antes de cerrar la puerta.

Whisky en las rocas

Autor: Andrés Venegas